Monumentalismo

La guerra civil española hace que Victorio Macho se proyecte en Latinoamérica durante los 13 años del exilio y reciba sonados triunfos, honores y proyectos; pero también se contagie de un excesivo monumentalismo envuelto en gloriosa exaltación que le hace perder su fuerza íntima de recio expresionismo y de linealidad casi pura. La estatua ecuestre de Balalcázar, el monumento a Grau, a Uribe, a Belisario Porras y el sepulcro a los Bolívar en la catedral de Caracas son los monumentos más representativos de la obra americana.En marzo de 1952, olvidando los "rencores que muerden y marchitan el alma", siente añoranza íntima de España, sed embriagadora de su patria castellana y fija la residencia definitiva en Toledo, en Roca Tarpeya, como águila de alto vuelo que se siente cansada de tanto cruzar el viento. Poco a poco, va instalando su futuro museo para el que vuelve a fundir un buen número de obras realizadas en España y en América.

Durante la última etapa realiza el monumento funerario de Menéndez Pelayo como su obra más significativa; pero, sobre todo, se interesa por una faceta íntima y permanente, el retrato o busto en bronce, piedra o barro, con el que inmortalizó a una pléyade de amigos y conocidos. Ahí quedan León Felipe, Madariaga, Andrés Segovia, Marañón, Menéndez Pidal o el incomparable medio cuerpo de Zoilita. Palencia tuvo la suerte de recibir la última obra ejecutada y rematada por la mano de Victorio, el monumento a su adorado maestro Alonso Berruguete, instalado en la plaza Mayor palestina en diciembre de 1963.

El 13 de julio de 1966 muere en su casa museo de Toledo, como consecuencia de la silicosis que viene padeciendo desde 1952, y es enterrado en Palencia, según su expreso deseo, a los pies de su Cristo del Otero, sobre el que mandó escribir un simple, aunque sentido, epitafio: Mi última jornada: "Aquí, a los pies de este Cristo, vino a descansar su autor: el escultor Victorio Macho", XIII-julio-MCMLXVI.

La agonía decimonónica del realismo artístico produce sus últimos espasmos a la par que Victorio penetra en el ignoto mundo del arte. Un espíritu rebelde e inconformista con lo establecido, como él, no puede permanecer en el estatismo, ha de indagar caminos para fundir la experiencia y el trabajo en una síntesis de limpieza y claridad artística poco común; ha de aunar la serenidad melódica de lo tangible con la sobriedad de líneas que marca el duro material que trabaja.

Es un nuevo rumbo del arte, a caballo entre figurativismo y abstracción, el que se plantea el genial cincelador. Es el puente, el destino artístico llevado de la mano de Victorio a la ribera de la más grande revolución estética que ha conocido el mundo. Ahí reside el mérito más genuinamente machiano: hacer de correa transmisora entre dos formas de ser, vivir y pensar casi antagónicas.

Macho supo recoger los innovadores latidos neocubistas y expresionistas del modelado, sin olvidarse del gran aprendizaje que le supuso el realismo plástico. Supo fundir en el mejor crisol lo viejo con lo nuevo, formando una simbiosis con la rotundidad de volúmenes, la limpieza y austeridad compositiva.

                                                                                                         

            (El país, 9 enero 1988).

Additional information